La red de la vida: por qué ir más allá del carbono importa

Escrito por
Sandra Romeu
25/2/2026
La red de la vida: por qué ir más allá del carbono importa
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El carbono rara vez viaja solo. En realidad, cuando se transforma —siguiendo el bien conocido ciclo del carbono— casi siempre lo hace acompañado. En la atmósfera, razón por la cual llevamos décadas hablando de él en el contexto de los gases de efecto invernadero, el carbono pocas veces se encuentra en forma elemental. Lo más común es que esté combinado como el muy temido dióxido de carbono (CO₂), a veces como metano (CH₄) y, de manera más efímera, como monóxido de carbono (CO), entre otras formas químicas.

Quienes estudian ciencias naturales en México suelen memorizar dos frases que se repiten casi como mantras. La primera: “México es un país megadiverso”. La segunda, quizá menos solemne, igual de reveladora y mucho más divertida cuando la dices en voz alta: “el origen de la vida comienza con CHONPS”. Este acrónimo —carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre— resume los elementos fundamentales que hacen posible la vida en la Tierra. Y no es casual que el carbono encabece la secuencia.

En la naturaleza no existe forma de vida, interacción biológica, proceso metabólico ni red ecosistémica en la que el carbono no desempeñe un papel estelar. Desde la producción de energía hasta la respiración, desde la estructura de las moléculas orgánicas hasta los ciclos biogeoquímicos más complejos, el carbono es un hilo conductor de los procesos más básicos de la vida, y como la modernidad y la crisis climática nos lo han hecho ver, es también pieza fundamental de los procesos complejísimos que engloban los retos actuales de nuestro planeta.

Por ello, cuando hablamos del carbono en el contexto de la crisis climática —particularmente del carbono liberado a la atmósfera como resultado de actividades antropogénicas— conviene no perder de vista un hecho fundamental: su retorno a la Tierra y su integración en procesos de mitigación y adaptación al cambio climático no son fenómenos artificiales, sino procesos profundamente naturales. El carbono nunca ha sido un elemento ajeno a los ecosistemas; lo que ha cambiado es la velocidad, la magnitud y la forma en que lo hemos desplazado fuera de los equilibrios ecológicos.

Entender esto es clave. Significa reconocer que el carbono no se captura en el vacío, sino dentro de redes vivas formadas por suelos, agua, microorganismos, plantas, animales, sociedades y culturas. Y que, al hacerlo, no solo se busca reducir una concentración atmosférica, sino que se activan —o se debilitan— múltiples procesos ecológicos asociados.

Esta es la base para pensar la acción climática de manera más integral, más allá del carbono sin perder su eje central: no solo como una contabilidad de toneladas, sino como una oportunidad para fortalecer los sistemas que sostienen la vida. Por lo mismo, adentrémonos un poco más en su relación con la biodiversidad, la resiliencia ecológica, la regulación hídrica y la estabilidad a largo plazo. En otras palabras, pasar de la contabilidad del carbono a la integridad de los ecosistemas.

La resiliencia del paisaje define la permanencia del carbono.


El carbono nunca ha sido ni será una tonelada perfectamente delimitada. El carbono circula. Se mueve entre el aire, las hojas, las raíces, narices, maquinarias industriales, microorganismos del suelo, agua que se infiltra y a través de los animales, que se comen unos entre otros. Cada molécula de carbono que se captura está sostenida por una red viva de relaciones ecológicas que operan en múltiples escalas y tiempos. Cuando esa red se mantiene íntegra, el carbono puede permanecer, incluso, volverse estable, como en ciertos suelos. Cuando se simplifica, se vuelve frágil y entonces, se libera más carbono del que se captura.

Durante las últimas décadas, la acción climática —y en particular los mercados de carbono— se han apoyado en una métrica clara y necesaria: las toneladas de CO₂ capturadas o evitadas. Esta lógica ha permitido comparar proyectos, estructurar estándares y movilizar inversión hacia territorios que pueden funcionar como sumideros, y como Toroto, incentivar la acción climática involucrando también a quienes son dueños de esos sumideros, es decir, en el caso mexicano, ejidos y comunidades agrarias. Sin embargo, el riesgo aparece cuando la tonelada se convierte en el fin último, y no en una expresión parcial de procesos ecológicos —y hoy en día sociales— mucho más complejos.

El carbono no es un fin, es un flujo

Pensar el carbono como un fin último medible es útil desde la contabilidad climática, pero insuficiente desde la ecología. En los ecosistemas, el carbono es un flujo dinámico que depende de la fotosíntesis, la respiración, la descomposición, la infiltración del agua y la actividad biológica del suelo. No se “almacena” y “estabiliza” sin más: se integra a sistemas vivos que lo transforman continuamente, es por eso que las tasas de captura y almacenamiento de carbono son diferentes dependiendo el tipo de vegetación, y por lo tanto, del tipo de suelo presente. No almacena lo mismo un pastizal alpino que una selva alta, pues estos dos ecosistemas tienen muy diversas interacciones internas. 

Hablando de suelos, éstos contienen más carbono que la atmósfera y la vegetación juntas (FAO, 2017), pero no lo hacen como una bóveda inerte ni como un almacén intocable. Lo sostienen gracias a una red viva compuesta por bacterias, hongos micorrízicos y no micorrízicos, raíces finas y fauna edáfica que transforma el carbono en formas orgánicas complejas y relativamente estables. A través de procesos como la agregación del suelo y la incorporación del carbono en la biomasa microbiana (entre muchos otros), los suelos pueden retener carbono durante muchos años, incluso siglos, siempre y cuando sus condiciones ecológicas se mantengan.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha documentado que la diversidad biológica del suelo es un factor determinante para la estabilidad del carbono a largo plazo, ya que regula no solo su captura, sino también la velocidad y la forma en que este carbono vuelve a la atmósfera (UICN, 2018). En suelos sanos y diversos, la liberación de carbono ocurre de manera gradual y funcional, como parte de procesos naturales inevitables: la respiración del suelo, la descomposición de la materia orgánica y el intercambio constante entre biosfera y atmósfera.

Este retorno del carbono a la atmósfera no es, en sí mismo, un problema, pues forma parte del funcionamiento normal de los ecosistemas. ¿Cuándo las condiciones ecológicas dejan de sostener la permanencia y estabilidad del suelo? ¿Cuándo sí se vuelve un problema? La respuesta es sencilla: cuando los flujos se desacoplan de los tiempos ecológicos. Incendios provocados, desmontes, cambios de uso del suelo, prácticas extractivas intensivas, y demás, rompen la estructura del suelo, destruyen su vida y liberan en cuestión de días o semanas el carbono que tomó décadas en estabilizarse y almacenarse. En esos casos, el suelo deja de funcionar como receptor y se convierte en una fuente de emisiones.

Así, la permanencia del carbono no depende únicamente de cuánto se captura, sino de qué tan saludables permanecen los procesos biológicos que lo sostienen, es decir, la captura, el almacenamiento y la estabilidad. Proteger y restaurar suelos vivos no evita que el carbono circule —porque siempre lo hará—, pero sí permite que lo haga dentro de los márgenes naturales que mantienen el equilibrio climático. Ignorar esta dimensión subterránea equivale a medir carbono sin entender dónde —ni cómo— se sostiene.

Biodiversidad: el seguro invisible del carbono

No todas las toneladas de carbono son igual de estables. Dos proyectos de captura pueden reportar cifras similares y, sin embargo, tener destinos muy distintos frente a una sequía prolongada, un incendio o una plaga. La diferencia rara vez está en la cifra en sí, y casi siempre en la complejidad ecológica del sistema que la sostiene.

Ecosistemas diversos —con múltiples especies, distintos estratos de vegetación y relaciones tróficas complejas— tienden a distribuir el carbono en varios compartimentos: biomasa aérea, raíces profundas, materia orgánica del suelo, cuerpos animales y redes tróficas relativamente estables. Esta distribución funciona como un mecanismo de amortiguamiento frente a perturbaciones. Cuando una parte del sistema se ve afectada, otras continúan operando y compensando la pérdida hasta que el conjunto encuentra un nuevo equilibrio.

Un ejemplo sencillo es la relación depredador–presa. Cuando un depredador se alimenta de varias especies, la disminución temporal de una de ellas no colapsa el sistema; la presión se redistribuye entre las restantes, permitiendo que la dinámica se estabilice nuevamente, siempre que el ecosistema conserve su integridad funcional. Esta sencilla explicación puede verse bastante reduccionista, pero ilustra una realidad mucho más amplia: una red densa de interacciones ecológicas que sostiene el funcionamiento del sistema. A esta capacidad de absorber impactos, reorganizarse y seguir funcionando se le conoce como resiliencia ecológica: la capacidad de la naturaleza para recuperarse de un disturbio.

Por el contrario, los sistemas simplificados pueden capturar carbono con rapidez, pero también perderlo con la misma facilidad. La literatura científica ha documentado que la pérdida de biodiversidad reduce la capacidad de los ecosistemas para mantener funciones clave, entre ellas la captura y la retención de carbono (Isbell et al., 2017; IPBES, 2019).

En el contexto mexicano, esta dinámica es especialmente visible en bosques, selvas, manglares y humedales. La Comisión Nacional Forestal (CONAFOR) ha señalado que estos ecosistemas no solo capturan carbono, sino que también regulan el ciclo hidrológico, protegen los suelos y reducen la vulnerabilidad frente a eventos climáticos extremos. En estos casos, el carbono no es un fin en sí mismo, sino un co-beneficio de sistemas ecológicos sanos. La biodiversidad, más que cualquier otra variable aislada, es la verdadera métrica de la resiliencia.

Cuando el agua entra en escena

Hablar de carbono sin hablar de agua es otra forma de simplificar la red de la vida y un reduccionismo más en el que suele caer la contabilidad de carbono. El agua no es un complemento del ciclo del carbono: es uno de sus principales reguladores. Sin agua suficiente —y bien distribuida en el paisaje— la captura de carbono y su integración tanto en suelo como en biomasa, simplemente se debilita.

La relación es directa. Cuando el agua escasea, las plantas cierran sus estomas (unas estructuras parecidas a poros en nuestra piel a través de los cuales respiran) para evitar la pérdida de humedad y, al hacerlo, reducen la entrada de CO₂ y la fotosíntesis. Como señalan Stocker y colaboradores (2021) en Nature, “la disponibilidad de agua es uno de los principales factores que limitan la productividad primaria terrestre a escala global”. Menos fotosíntesis implica menos crecimiento vegetal y, por lo tanto, menos carbono incorporado en biomasa.

Pero el papel del agua no termina en las plantas. La humedad del suelo controla también lo que ocurre bajo la superficie. Suelos con niveles adecuados de humedad permiten que raíces y microorganismos transformen el carbono en materia orgánica más estable, protegida dentro de la estructura y aglomeración del suelo. De acuerdo con Wang et al. (2024), “la humedad del suelo regula directamente la respiración microbiana y la estabilidad del carbono”. Cuando el suelo se seca en exceso —como ocurre durante sequías prolongadas— esta dinámica se rompe: disminuye la formación de carbono estable y aumenta su liberación a la atmósfera. Algo similar sucede cuando los suelos se encuentran anegados. 

Por el contrario, suelos bien infiltrados y con buena retención de agua favorecen un círculo virtuoso. El carbono mejora la estructura del suelo; un suelo mejor estructurado retiene más agua y permite mayor oxigenación; y esa agua, a su vez, sostiene la productividad y la captura continua de carbono. No se trata de procesos aislados, sino de engranajes que se refuerzan mutuamente.

A escala del paisaje, esta relación se amplifica. Estudios globales han demostrado que la variabilidad de la humedad del suelo es uno de los principales controladores de la captación neta de carbono por los ecosistemas terrestres (Stocker et al., 2021). Donde el agua logra infiltrarse, almacenarse y moverse lentamente —en lugar de escurrir y perderse, o evaporarse por completo y regresar a la atmósfera— los ecosistemas resisten mejor las sequías y mantienen su función como sumideros de carbono.

Los suelos vivos y estructuralmente complejos infiltran más agua, reducen la escorrentía y sostienen la productividad incluso en periodos secos. Esta relación profunda entre agua, suelo y vegetación explica por qué los proyectos que integran restauración ecológica y recarga hídrica tienden a generar beneficios climáticos más duraderos: no solo capturan carbono, sino que fortalecen la resiliencia del paisaje y la disponibilidad de agua en el territorio. Es importante recalcar que si bien el agua es un factor clave para los proyectos de carbono —de acuerdo a lo visto en este apartado— los proyectos de agua cuentan con sus propias métricas específicas, pues la contabilidad hídrica se rige bajo otras variables y sus métricas no son equiparables entre sí. 

Para ejemplificar lo anterior, podemos conocer un proyecto de Toroto que busca la recarga del acuífero de Alto Atoyac, en Tlaxcala, donde la implementación de soluciones basadas en la naturaleza, lo vuelve un proyecto integral, que al mejorar suelos para promover la infiltración hídrica, están intrínsecamente volviéndose reservorios vez con vez más estables para el almacenamiento de carbono. Aunque son enfoques diferentes, con métricas y objetivos distintos, juntos logran un acercamiento que nos permite ir más allá del carbono. 

Proyecto de recarga del acuífero Alto Atoyac, Tlaxcala. Donde la infiltración hídrica, la restauración de suelos y las soluciones basadas en la naturaleza convergen para construir resiliencia a escala de paisaje.

Más allá de “toneladas primero”

La crítica al enfoque de toneladas primero —ejercicio contable del que se basan los mercados de carbono para la toma de decisiones y la presentación de resultados— no es un rechazo a la medición ni a los instrumentos de contabilidad de carbono, sino una invitación a ampliar el marco desde el cual se define el éxito climático. Durante años, cuantificar emisiones evitadas o carbono capturado ha sido una puerta de entrada eficaz para movilizar financiamiento, estandarizar proyectos y traducir procesos ecológicos complejos a métricas comprensibles para mercados y tomadores de decisión. Sin embargo, en el contexto actual de crisis climática, este enfoque muestra límites cada vez más evidentes.

Hoy sabemos que no basta con capturar carbono: es indispensable asegurar su permanencia en el tiempo. El cambio climático está alterando las condiciones biofísicas que sostienen a los sumideros naturales. Sequías más prolongadas, incendios más intensos, plagas y eventos extremos están reduciendo la capacidad de los ecosistemas para seguir almacenando carbono de forma estable, e incluso están convirtiendo antiguos sumideros en fuentes netas de emisiones.

En este escenario, los proyectos centrados exclusivamente en maximizar toneladas capturadas —sin considerar biodiversidad, manejo integral del agua, salud del suelo o gobernanza territorial— corren el riesgo de generar beneficios climáticos frágiles y de corta duración. Una tonelada capturada en un ecosistema degradado, hidrológicamente desconectado o socialmente conflictivo es inherentemente más vulnerable que una tonelada integrada en un sistema ecológico funcional y bien gestionado.

Ir más allá del carbono implica reconocer que la integridad del ecosistema es el verdadero determinante de la calidad climática de una tonelada capturada. La diversidad biológica aporta redundancia funcional y capacidad de adaptación; la estructura del ecosistema regula flujos de agua y energía; y la relación con las comunidades locales define el manejo cotidiano del territorio y, por tanto, la permanencia de los beneficios. Desde esta perspectiva, el carbono deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un indicador más —importante, pero no suficiente— de sistemas socioecológicos resilientes.

Este cambio de enfoque no elimina la necesidad de métricas rigurosas, sino que exige métricas más inteligentes: aquellas capaces de reflejar no sólo cuánto carbono se captura, sino bajo qué condiciones ecológicas, hidrológicas y sociales se sostiene esa captura en el largo plazo.

Pensar soluciones climáticas desde la red viva

A lo largo de este recorrido, una idea se vuelve inevitable: resulta artificial intentar hablar de carbono sin hablar, al mismo tiempo, de suelos, agua, biodiversidad y personas. No porque estos conceptos sean intercambiables, sino porque en la realidad ecológica operan siempre de manera entrelazada. El carbono no se mueve por compartimentos aislados; circula dentro de sistemas vivos complejos, donde cada proceso depende de muchos otros para sostenerse en el tiempo.

En un país megadiverso como México, donde una parte significativa del territorio está en manos de ejidos y comunidades con conocimiento profundo del paisaje que habitan, las soluciones climáticas más sólidas no son aquellas que simplifican el territorio para hacerlo medible, sino las que trabajan con su complejidad. Suelos vivos, agua que infiltra y se almacena, vegetación diversa y gobernanza local no son “co-beneficios” del carbono: son las condiciones que hacen posible que una tonelada capturada permanezca.

Pensar las soluciones climáticas desde la red viva implica cambiar la pregunta central. No solo cuánto carbono se captura, sino dónde, cómo y con qué relaciones ecológicas y sociales se sostiene esa captura y almacenamiento. Implica reconocer que la estabilidad climática no se construye únicamente con métricas, sino con paisajes funcionales capaces de resistir sequías, incendios y perturbaciones crecientes. Y que, en ese contexto, el carbono es un resultado emergente de sistemas bien cuidados, no un objetivo aislado.

Proyectos que integran restauración de suelos, manejo del agua, diversidad biológica y participación comunitaria —como los que apuestan por soluciones basadas en la naturaleza— muestran que es posible alinear acción climática con resiliencia territorial. No porque ignoren la contabilidad del carbono, sino porque la colocan dentro de un marco más amplio: el de la vida que la sostiene.

El carbono seguirá siendo una métrica central en la acción climática global. Pero su verdadero valor no está solo en la cifra reportada, sino en la historia ecológica que la respalda. Comprender esa historia —y diseñar desde ella— es lo que permite pasar de una contabilidad climática necesaria, pero limitada, a soluciones climáticas con sentido ecológico, social y duradero.

En territorios donde ejidos y comunidades cuidan el paisaje, la permanencia del carbono es resultado de una gobernanza viva.


Sobre la autora

Sandra es bióloga en constante asombro por lo vivo. Conmovida de volver a escribir para Toroto y actualmente dirigiendo un proyecto de restauración ecológica en la periferia del Lago de Texcoco, entre aves, sol y humedales.


Bibliografía consultada

• CONAFOR (Comisión Nacional Forestal). (2018). Bosques y cambio climático. Gobierno de México.
https://www.gob.mx/conafor/documentos/bosques-y-cambio-climatico-23762

• CONAFOR (Comisión Nacional Forestal). (2020). ¿Cuánto carbono secuestran los ecosistemas forestales? Gobierno de México.
https://www.gob.mx/conafor/articulos/cuanto-carbono-secuestran-los-ecosistemas-forestales

• FAO. (2017). Soil organic carbon: The hidden potential. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
https://www.fao.org/3/i6937e/i6937e.pdf

• IPBES. (2019). Global assessment report on biodiversity and ecosystem services. Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services.
https://ipbes.net/global-assessment

• Isbell, F., Cowles, J., Dee, L. E., Loreau, M., Reich, P. B., Gonzalez, A., … Schmid, B. (2017). Biodiversity increases the resistance of ecosystem productivity to climate extremes. Nature, 526(7574), 574–577.
https://doi.org/10.1038/nature15374

• Millennium Ecosystem Assessment. (2005). Ecosystems and human well-being: Synthesis. Island Press.
https://www.millenniumassessment.org

• Stocker, B. D., Zscheischler, J., Keenan, T. F., Prentice, I. C., Peñuelas, J., & Seneviratne, S. I. (2021). Drought impacts on terrestrial primary production: A global synthesis. Nature, 600(7887), 280–286.
https://doi.org/10.1038/s41586-021-03325-5

• Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). (2018). La biodiversidad del suelo y su papel en la provisión de servicios ecosistémicos. UICN.
https://portals.iucn.org/library/node/47786

• Wang, Y., Chen, Y., Fang, Y., & Luo, Y. (2024). Soil moisture regulates microbial respiration and soil carbon stability under climate extremes. npj Climate and Atmospheric Science, 7(1), Article 88.
https://doi.org/10.1038/s41612-024-00888-8

• Zhang, Y., Peña-Arancibia, J. L., McVicar, T. R., Chiew, F. H. S., Vaze, J., Liu, C., … Pan, M. (2018). Multi-decadal trends in global terrestrial evapotranspiration and its components. Scientific Reports, 8, Article 13173.
https://doi.org/10.1038/s41598-018-31543-5

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