Más agua para la cadena: cómo las soluciones basadas en la naturaleza fortalecen la seguridad hídrica de manera integral



La seguridad hídrica es hoy un desafío global urgente que trasciende fronteras administrativas y sectores económicos. No se trata únicamente de cuánta agua se usa en una cadena de suministro o de cómo reducir ese uso en cada eslabón; la seguridad hídrica se configura en el territorio, en función de cómo los sistemas ecológicos generan, almacenan y regulan el agua que sostiene a comunidades, ecosistemas y actividades económicas.
En el caso mexicano, el World Resources Institute ubica a México entre los países con mayor estrés hídrico del mundo. Esto significa que una parte sustancial del agua disponible es consumida a una velocidad cercana o superior a la que puede reponerse naturalmente; es decir, a una velocidad mayor que la capacidad del territorio para infiltrar, almacenar y regular el agua a través de sus suelos, acuíferos y ecosistemas. Esta condición no es un riesgo aislado para una empresa específica ni para una cadena de suministro en particular: es una señal de sobreexplotación sistémica, cuyos efectos se manifiestan a escala de cuenca y paisaje. Cuando los ritmos de extracción superan los ritmos ecológicos de recarga —que operan en escalas temporales no humanas—, el riesgo se vuelve colectivo. Afecta simultáneamente a comunidades, actividades productivas, ecosistemas y territorios completos, independientemente de quién use el agua o con qué fin. La escasez hídrica, en este sentido, no reconoce límites operativos ni sectoriales: se propaga a través del territorio.
La complejidad de estos desafíos exige enfoques que vayan más allá de las infraestructuras tradicionales y de las medidas de eficiencia en el consumo. En este sentido, las soluciones basadas en la naturaleza (NbS, por sus siglas en inglés) —acciones que protegen, restauran y manejan ecosistemas para abordar desafíos sociales y ambientales, ya sea ‘imitando’ o inspirándose en procesos naturales— se perfilan como enfoques particularmente relevantes para la seguridad hídrica. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) define estas acciones como estrategias que pueden contribuir a mejorar la provisión de servicios hidrológicos y a incrementar la resiliencia hídrica en cuencas prioritarias mediante la participación de comunidades, organizaciones civiles, instituciones gubernamentales y otros actores clave (PNUD, 2025). Al trabajar con los procesos naturales del agua —como la captación, la infiltración y la regulación de flujos— las NbS fortalecen la cantidad, calidad y disponibilidad del agua a escala de paisaje, ofreciendo una perspectiva integral que reconoce la interdependencia entre sistemas ecológicos y seguridad hídrica.
Tradicionalmente, las discusiones corporativas e institucionales sobre agua han gravitado alrededor de la huella hídrica y de la eficiencia en el uso directo del recurso. Estas métricas son, sin duda, útiles para identificar presiones y tendencias dentro de una operación o una cadena de suministro, y su cuantificación continua resulta indispensable. Sin embargo, su alcance es limitado si no se vincula con los riesgos hídricos que están fuera del control operativo de las empresas. Medir el uso no equivale a asegurar el agua, especialmente en contextos de variabilidad climática, sequía recurrente y sobreexplotación de acuíferos.
Desde una perspectiva hidrológica, la seguridad hídrica depende tanto del consumo como de la capacidad del territorio para infiltrar, almacenar y regular el agua. La literatura científica sobre recarga de acuíferos subraya que estos procesos están profundamente condicionados por el uso de suelo, la cobertura vegetal, la estructura del paisaje y la integridad de los ecosistemas. Cuando estas condiciones se degradan, incluso reducciones significativas en el consumo pueden resultar insuficientes para sostener la disponibilidad de agua en el mediano y largo plazo dentro de una cuenca.
Por ello, la conversación sobre agua necesita desplazarse de una lógica de “medir para reducir” hacia una de “garantizar el agua para los usuarios”. Esto no busca desincentivar la cuantificación de la huella hídrica —conocer cuánto se utiliza es fundamental para entender las presiones que se ejercen sobre el recurso—, sino reconocer que no es posible “reponer” únicamente lo justo para volver a extraerlo. Asegurar agua implica ir más allá de una lógica de compensación volumétrica, la cual, nuevamente, es esencial para trabajar sobre objetivos cuantificables y a la par, accionar sobre la funcionalidad que permite que un acuífero, una cuenca o un sistema hidrológico regulen sus procesos de manera estable, aún en presencia de usos productivos.
Desde esta perspectiva, asegurar agua no significa únicamente equilibrar entradas y salidas, sino restaurar la capacidad del territorio para sostener el ciclo hidrológico en el tiempo. En ese sentido, la seguridad hídrica deja de ser un problema operativo y se revela como lo que realmente es: una tarea profundamente territorial.
Un componente central para asegurar agua en el territorio es trabajar con los procesos naturales que regulan el ciclo hidrológico, particularmente la infiltración y la recarga de acuíferos. Estos procesos conectan el agua de lluvia y los flujos superficiales con el agua subterránea que alimenta pozos, manantiales y ríos durante periodos secos. Cuando los sistemas ecológicos funcionan de manera saludable, esta conexión opera de forma continua y resiliente.
Estas intervenciones no solo reducen riesgos de inundación y sequía, sino que generan beneficios sistémicos adicionales, como el soporte a la biodiversidad, la regulación microclimática, el almacenamiento de carbono y, muy importante, dan resiliencia, adaptabilidad y soporte a cadenas de suministro cuya relación con el agua busque la restauración, en lugar del simple uso y control hídrico (UNEP-DHI, 2018; Brill et al., 2023).
La evidencia científica muestra que, en la mayoría de los casos estudiados, las NbS aplicadas para mejorar la recarga subterránea generan efectos positivos sobre la capacidad de almacenamiento de agua. Estas soluciones actúan a través de elementos como:
Este enfoque no es únicamente técnico. Incorpora dimensiones ecológicas, sociales y culturales del manejo del agua, reconociendo que los servicios hidrológicos no existen fuera de sus contextos socioecológicos y territoriales.

Para las empresas cuya operación o cadena de suministro depende del agua, la seguridad hídrica no es un tema ambiental accesorio: es un factor estructural de riesgo y viabilidad. Abordarla desde una lógica sistémica implica reconocer que la disponibilidad de agua no depende únicamente de cuánto se extrae o cuán eficiente es su uso, sino de un conjunto de dimensiones interconectadas que sostienen —o erosionan— la base hídrica sobre la cual operan los negocios.
Desde esta perspectiva, asegurar agua no significa “compensar impactos de forma”, sino invertir en la restauración y el mantenimiento de los procesos ecológicos y territoriales que permiten que el agua se genere, se infiltre y se almacene de manera estable en el tiempo. Para las empresas, esto implica pasar de una lógica de uso y control del agua a una de gestión del riesgo hídrico basada en la regeneración del sistema, alineando continuidad operativa y resiliencia a largo plazo.

Integrar las ciencias ecológicas, hidrológicas y sociales conduce a una conclusión clave: la seguridad hídrica no es un atributo estático ni un indicador único, sino una condición relacional y dinámica que emerge de la interacción entre ecosistemas, personas y clima. No puede reducirse a un balance contable de agua ni a una ecuación simple de oferta y demanda; es un equilibrio en movimiento, vulnerable o resiliente según cómo se gestionen los procesos de la cuenca.
Desde esta óptica, las soluciones no deben concebirse únicamente como mecanismos de mitigación de impactos, sino como estrategias para restaurar la funcionalidad de los sistemas que hacen posible el agua. Décadas de fragmentación del paisaje, degradación de ecosistemas y priorización de infraestructuras grises han debilitado la capacidad natural de los territorios para infiltrar, almacenar y regular el recurso. Para las empresas, esto se traduce en mayor incertidumbre, costos crecientes, conflictos socioambientales y riesgos operativos que no pueden resolverse únicamente con eficiencia interna.
Adoptar una visión integral implica reconocer que la estabilidad hídrica que requiere la actividad económica depende de la salud ecológica del territorio. Cuando los sistemas naturales recuperan su funcionalidad, se fortalece no sólo la resiliencia ambiental, sino también la continuidad de las cadenas de suministro, la previsibilidad de las operaciones y la licencia social para operar. Invertir en procesos ecológicos es, en este sentido, invertir en la base que sostiene la actividad productiva.
Bajo esta lógica, proteger y regenerar el agua deja de ser un ejercicio reactivo de gestión de riesgos y se convierte en una decisión estratégica de largo plazo. La seguridad hídrica emerge entonces como un bien común del cual dependen tanto los ecosistemas como las economías que se desarrollan sobre ellos. Asegurarla exige cambiar la forma en que entendemos el agua: no más entenderla como insumo aislado que se controla, sino como un sistema vivo que, si se mantiene funcional, sostiene al planeta y a quienes dependen de él.
Sandra es bióloga en constante asombro por lo vivo. Conmovida de volver a escribir para Toroto y actualmente dirigiendo un proyecto de restauración ecológica en la periferia del Lago de Texcoco, entre aves, sol y humedales.
Explora reflexiones, investigaciones y aprendizajes de campo de nuestro trabajo en la restauración de ecosistemas.