La resiliencia hídrica no empieza en la empresa, empieza en la cuenca



Durante años, la conversación empresarial sobre el agua se centró en mejorar la eficiencia: reducir consumos, optimizar procesos y cumplir con la regulación. Aún cuando estos esfuerzos siguen siendo indispensables, hoy resultan insuficientes frente a un contexto marcado por diversas crisis que nos atraviesan: el cambio climático, el deterioro de los ecosistemas, la creciente presión sobre los recursos hídricos y muy importante y pocas veces valorizadas como un eje de acción fundamental, el componente social del agua; la cultural del agua, como muchas veces el Consejo Consultivo del Agua la nombra.

Al hablar de resiliencia hídrica debemos dejar de entender el concepto únicamente desde la visión operativa de una empresa, pues ésta comienza mucho antes. Comienza posiblemente en un territorio lejano, en el parteaguas que forman las montañas y lomeríos de un territorio, en los ecosistemas que sostienen la humedad y promueven la infiltración, y en las comunidades que habitan dichas localidades, y que por ende, de una forma u otra, sostienen una relación con esa agua. Si tuviéramos que visualizar lo anterior en un concepto único, todo se resume a un paisaje, y en específico, a una cuenca. Al hablar de resiliencia hídrica, debemos comenzar, sobre todo, en la cuenca.
Esa es una de las principales reflexiones que comparte Jorge Fuentes Martínez, Director de Proyectos del Consejo Consultivo del Agua, una organización que desde hace más de dos décadas reúne a empresas, academia, organizaciones de la sociedad civil y especialistas para impulsar el diálogo y fortalecer la gobernanza del agua en México.
Curiosamente, Jorge no llegó al sector hídrico desde la ingeniería o la hidrología, sino desde el periodismo y la comunicación. Después de colaborar en iniciativas ambientales en la Ciudad de México, encontró en el Consejo Consultivo del Agua un espacio donde podía cumplir una misión muy particular: traducir temas altamente técnicos para que pudieran convertirse en decisiones estratégicas.
Traducir los temas técnicos y complicados, a palabras que todas y todos podamos comprender, y por ende, involucrarnos es quizá una de las tareas más urgentes en un momento en que la seguridad hídrica dejó de ser un asunto exclusivo de especialistas para convertirse en una prioridad para gobiernos, empresas y sociedad.
Para muchas organizaciones, la gestión del agua sigue asociándose principalmente con indicadores de consumo o cumplimiento regulatorio. Sin embargo, esa visión deja fuera una parte esencial de la ecuación.
La cuenca.
Eso implica conocer mucho más que la cantidad de agua disponible. Significa comprender el estado de los ecosistemas, la salud de los suelos, los procesos de infiltración, las condiciones de las comunidades locales y las dinámicas que determinan la disponibilidad del recurso en el largo plazo.
En otras palabras, la resiliencia hídrica no se limita a proteger la operación de una empresa frente a una sequía. Consiste en fortalecer los sistemas naturales y sociales que hacen posible esa operación.
Esta perspectiva resulta especialmente relevante en un contexto donde los riesgos climáticos ya generan impactos tangibles sobre la economía. Olas de calor más frecuentes, disminución de caudales, alteraciones en los ciclos hidrológicos y fenómenos meteorológicos extremos afectan cadenas de suministro, incrementan costos operativos y modifican las condiciones bajo las cuales operan múltiples industrias.
Ante ese panorama, gestionar el agua únicamente dentro de los límites de una planta ya no es suficiente, pues la naturaleza también es infraestructura y hablar de resiliencia implica reconocer que los ecosistemas desempeñan funciones fundamentales para garantizar la disponibilidad de agua.
Bosques, suelos, humedales y zonas de recarga no son únicamente elementos del paisaje: constituyen infraestructura natural que regula flujos, favorece la infiltración, reduce la erosión y contribuye a mantener el equilibrio hidrológico de las cuencas. Por ello, Jorge insiste en que las estrategias empresariales deben ir más allá de la eficiencia operativa e incorporar acciones de restauración, conservación y colaboración con las comunidades que habitan esos territorios.
Las soluciones basadas en la naturaleza dejan de ser iniciativas complementarias para convertirse en inversiones estratégicas que fortalecen la resiliencia de las propias empresas y de las regiones donde operan.

Ahora bien, el mayor obstáculo no es la falta de recursos. Este es uno de los planteamientos más interesantes de la entrevista y rompe con una idea frecuente. El principal desafío no siempre es conseguir más financiamiento, ya que con frecuencia, el problema es la falta de coordinación.
De acuerdo con Jorge, muchas empresas están dispuestas a invertir en proyectos de restauración o conservación, mientras que las autoridades cuentan con información técnica sobre las zonas prioritarias para la recarga de acuíferos o la conservación de ecosistemas. Sin embargo, ambos esfuerzos no siempre convergen. Las organizaciones implementadoras desarrollan proyectos valiosos, las empresas impulsan iniciativas propias y las instituciones públicas establecen prioridades territoriales, pero esos esfuerzos suelen avanzar de manera paralela, sin mecanismos suficientes para alinearlos.
El resultado es una pérdida de oportunidades para generar impactos de mayor escala. Por ello, Jorge plantea la necesidad de construir mejores mecanismos de coordinación, mapear las iniciativas existentes y facilitar espacios donde los distintos actores puedan compartir información, prioridades y capacidades. En una crisis tan compleja como la del agua, la colaboración deja de ser deseable para convertirse en una condición indispensable.
Otro elemento central de la conversación que sostuvimos, fue la transparencia. Durante años, la participación del sector privado en temas ambientales ha enfrentado cuestionamientos y desconfianza. En ocasiones, las empresas evitan comunicar sus iniciativas por temor a ser percibidas como ejercicios de marketing; en otras, la falta de información impide reconocer proyectos que realmente generan beneficios para los territorios.
Para Jorge, esa brecha solo puede cerrarse mediante procesos abiertos, auditables y transparentes. Cuando las iniciativas son visibles, sus resultados pueden evaluarse, las inversiones pueden coordinarse y otros actores pueden sumarse con mayor confianza. La transparencia, entonces, no solo fortalece la rendición de cuentas. También crea las condiciones necesarias para construir alianzas de largo plazo.
Hacia el final de la conversación, Jorge comparte una reflexión que resume buena parte de su visión. Más que producir mejores reportes, las empresas deberían preguntarse qué impacto están generando realmente en las cuencas donde operan.

Los indicadores son importantes, pero adquieren sentido únicamente cuando reflejan transformaciones reales sobre el territorio: ecosistemas restaurados, comunidades fortalecidas y cuencas con mayor capacidad para enfrentar un clima cada vez más incierto.
Su expectativa para los próximos años es que la conversación deje de centrarse en diagnósticos y comience a enfocarse en resultados medibles, evidencia de efectividad y soluciones que demuestren su impacto en el largo plazo.
La resiliencia hídrica no trata únicamente de prepararse para la siguiente crisis; trata de construir, desde hoy, las condiciones que permitan a empresas, ecosistemas y comunidades enfrentar juntos un futuro compartido. Porque al final, ésta no empieza en la empresa.
A Jorge Fuentes por compartirnos su visión, por su apertura y disponibilidad, y a Luis Ortega por habilitar el espacio y hacer posible esta gran conversación.
Sandra es bióloga en constante asombro por lo vivo. Conmovida de escribir para Toroto y actualmente dirigiendo un proyecto de restauración ecológica en la periferia del Lago de Texcoco, entre aves, sol y humedales.
Explora reflexiones, investigaciones y aprendizajes de campo de nuestro trabajo en la restauración de ecosistemas.